Estoy contento de que existas, no envidioso.
Que seas mi prójimo, distinto, pero no ajeno.
Que habitemos en este lugar del espacio,
lo suficientemente ancho como para hacer cabriolas
sin siquiera rozarnos, cuando no queremos.
Que sea bastante que creas en algo, para que
ese algo ya exista, aunque yo no lo vea.
Que alguien pueda decir algún día, que ambos
vivimos en el mismo siglo y que aquello que hacías
y te hacía bien, me ponía feliz sin que de ello obtuviera
ningún beneficio.
Que de lo mío, sólo te enterabas si estaba en mi ánimo
porque mis logros no estaban destinados a superarte.
Que sentíamos alegría cuando distinguíamos que nuestras
diferencias nos acercaban y reíamos cuando comparábamos
nuestros desacuerdos con la brevedad de la vida, el anárquico
paso del tiempo y la finitud de nuestras existencias.

Foto: …’melissa’…
Que aprendimos a separar nuestros criterios y poder vincularnos.
Que desistimos de ponernos adornos
que más tenían que ver con uno, que con el otro.
Que no somos un invento de ese otro
y que tenemos existencia real
con autonomía de pensamientos.
Que no éramos aparatos
a los que se puede manejar con botonera
y que no nos fastidiábamos hasta querer fundirnos
cuando no respondíamos al teclado.
Que no son invisibles los hilos
que nos mantienen unidos,
sino justamente la ausencia de ellos.
Que no tengo tiempo para controlarte,
pues tengo bastante con mi propio gobierno.
Que puedo ser yo mismo y no a pesar tuyo.
Que puedas ser vos mismo y no gracias a mí.
Estoy contento de que existas.
Eso es todo.